Museos que son mentiras que son museos

Este blog es una trampa: aquí no se escribe nada en tiempo real. Hoy, por ejemplo, hablaré de un museo que visitamos en Berlín hace casi dos meses; de suntuosos edificios que cobijan joyas de todos los tiempos, de piezas de valor incalculable, de la grandeza de un imperio: en realidad hablaré apenas de lo que recuerdo de eso, que ya es poco. Es más: tecleo esto no en la capital alemana, sino en un autobús que corre por las rurales carreteras de Tikopis’, Rusia. En el mejor de los casos, esto será un ejercicio de retórica; en el peor, una mentira.

Juzgue usted: según recuerdo, la pieza más impresionante del Pérgamo es la puerta de Ishtar, acaso la construcción restaurada más añeja del mundo: nuestro recuerdo sólido más viejo. Se levanta dentro del museo, uno de los muros interiores de Babilonia (o una tercera parte de él, tan alto en su momento, que resultaría imposible reproducirlo a cabalidad incluso en el museo dedicado a expresar la pompa imperial de Alemania), todavía con mosaicos (restaurados) y lapislázuli (recubierto). Al cruzar la puerta hay toda clase de testigos de la grandeza sumeria: leones voladores con barbonas cabezas humanas (monumentos cuyos originales están en el British Museum) y tablillas eternizadas en roca, que no sabemos traducir del todo. Allí, en una habitación climatizada, cuesta trabajo imaginarlos en toda su hondura: el rostro del artesano que atestó el cincel final de una figura divina, las hordas que rodearon con irrepetibles pasiones a los reyes que cruzaron la puerta azul, la sorpresa o el hastío al comprobar que la cara de un nuevo monarca habitaba todas las esquinas de la ciudad.

Pasa lo mismo con las cerámicas musulmanas medievales, con las quebradas columnas romanas; son trampas que no representan más que una memoria de sí mismas: simulacros. Igual que yo: escribo apenas dos meses después de haber estado allí, y ya he olvidado la verdadera sensación (¿sorpresa? ¿hastío? ¿hambre?) de estar ahí; los objetos de aquella visita se despliegan pálidos en mi memoria, sala climatizada que funciona sólo a un ritmo.

De modo que lo que pueda yo contar sobre las esculturas leoninas y las lenguas cuneiformes que luchan por una traducción precisa será, en el mejor de los casos, una mentira; en el peor, un pretexto barato para no decir lo que realmente ocurre: detrás de estos recuerdos que intento restaurar, una ventana deja correr los pastos y los árboles del oeste de Rusia, y los murmullos de los incómodos vecinos retumban desde el asiento de atrás. Oculto lo que realmente quiero decir: la memoria no existe; es apenas un disfraz, el más cínico, que tiene la imaginación.

– Ruy

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