Arbeit macht frei

La mente suele hacerse de estrategias crueles para desentenderse del dolor, y uno de sus métodos más socorridos para evadir enfrentar situaciones traumáticas es la normalización de lo monstruoso.

Había leído tantos libros, testimonios y reportajes; visto tantas fotos, documentales y películas sobre el Holocausto judío, que cuando el camionero gritó: “¡Auschwitz!”, y paró frente a esa reja que había visto tantas veces en la pantalla no se me cuajaron los ojos de lágrimas; me aterrorizó pensar en la posibilidad de estar vacunada contra los horrores del pasado, ser inmune a diferenciar entre realidad y ficción.

Caminé bajo el famoso arco con la famosa frase que había visto ya tantas veces: “el trabajo os hará libres”. Esta vez era real: las varillas que formaban las letras estaban frías, rígidas y oxidadas, pero su significado estaba diluido bajo el sensacionalismo mediático. Era difícil pensar que no estaba en el set de una película, sólo me convencieron de lo contrario el pasto y las pequeñas florecitas blancas que crecían a la orilla de las vías del tren que antaño cargaban vagones atestados de mercancía humana (viva o muerta, fresca o putrefacta). En las películas del Holocausto no hay flores y el cielo rara vez es azul.

Pero las imágenes engañan a la psique de manera mucho menos exitosa que los espacios y sus cicatrices.

Entramos a las barracas donde dormían los prisioneros y comencé a sentir los fantasmas del pasado: hace falta estar parada frente a una hilera de literas apelmazadas una sobre otra, para dimensionar lo que de otro modo sólo son cifras: 10 personas por litera con sarna, tuberculosis y disentería. Hace falta ver los arañazos en las paredes de las cámaras de gas para dimensionar la desesperación de morir por asfixia.

Mi mente no estaba preparada para figurarse el horror que encarnaban los restos biológicos; así que me tardé en figurar que esa masa amorfa detrás del vidrio era en realidad una montaña de pelos enmarañados. Pelo de cabezas lacias, chinas, canas y coloridas; cabezas agotadas, enfermas, inocentes e iracundas. El odio no distingue entre edades o fenotipos. El odio es amorfo, ruin, grotesco y desalmado, como pelos arrancados de la carne sin nombre. Pelo ideal para procesar, teñir y hacer uniformes militares burdos y resistentes.

Nuestra guía nos explicó que los nazis no tuvieron tiempo de deshacerse de toda la evidencia de sus crímenes, que hoy esos deshechos materiales se exponen al público para ayudarnos a no olvidar los horrores de la guerra. Nos vamos con los ojos cuajados de lágrimas, certeros de que hay horrores que la mente global nunca podrá borrar.

Unos meses después de visitar Polonia, nos topamos con una noticia: “Supremacistas blancos marchan en las calles de Varsovia”. Las crueles estrategias de la mente nunca me dejan de aterrorizar.

– Carlota

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