Campeche, Campeche

Mi estómago suele comunicarse conmigo a través de ronroneos y retortijones encriptados y a veces indescifrables; su temperamento es volátil y cuando está enojado me es difícil hacerlo entrar en razón. No eran ni las cuatro de la tarde cuando nos paramos frente a la pequeña puerta de la taquería Norma Ruelas en la que colgaba un letrero de “cerrado” junto a los horarios: de 7am a 14pm. Sentí un retortijón furioso. Le expliqué a mi panza que había sido mi culpa por no revisar antes, pero el hígado abogó por ella y me convencieron. Le dije a Ruy con voz de bilis: “pues vámonos a otro lado, igual ni se ve tan bueno”.
A la mañana siguiente pasamos frente al mismo local, pero ahora estaba abierto. Mi estómago todavía dormía cuando un cremoso aroma a mantequilla y cebolla que venía flotando desde las entrañas del local lo despertó. Me sugirió entrar y yo, dócil, cedí a sus caprichos. Le dije a Ruy con voz mantecosa: “bueno, podemos darle una oportunidad antes de irnos de Campeche”. No pasaron ni tres minutos cuando ya teníamos frente a nosotros dos trancas de pan bien embarradas con mantequilla, frijoles, y rellenas de generoso y suave lechón tostado. Ya respiraba fuerte cuando mi estómago sugirió pedir los tacos de relleno negro, y dócil, volví a ceder. El relleno nos venció y pedimos la cuenta (deliciosamente barata). Cuando salimos, mi panza ronroneaba como un gatito amoroso; con una sonrisa de puerco, le prometí que algún día volveríamos por unos panuchos de cochinita y otra tranca de lechón.

– Carlota

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