Chantilly: el castillo de la pura crema

Toda mi vida he entendido las cosas chueco. En esa canción horrible que decía “otro color tú deberías escoger”, entendía “otro colocu deberías escoger” (“colocu” me parecía palabra ochentera, como “boulevard” o “bombiux”); en el logo de KFC no veía a un mostachón encorbatado, sino la enorme carota del Coronel Sanders sobre un mínimo cuerpecito bailarín.

Acaso por ello, siempre creí que “Chantilly” era lo que en mercadotecnia se conoce como un top of mind: así como decimos “Kleenex” en vez de “pañuelos desechables” o “pan Bimbo” y no “pan de caja”, estaba seguro de que “crema Chantilly” significaba “crema que se come con fresas”.

Los viajes ilustran, y acaso enderezan: aunque desde que tuve uso de internet supe de la existencia de un château llamado Chantilly, pensaba que, así como con Saba, los promotores de la crema habían apañado el nombre porque consideraban su fonética pachona. Al caminar por las cámaras del lugar, llenas de cuadros y objetos preciosos, por los jardines interminables, comprendí a los anónimos bautistas de la crema que azucaraba los postres de mi abuela: yo también hubiese querido que mi producto, destinado a preparar alimentos felices, se relacionara de algún modo con las mamás cisnes besando a sus vástagos sobre el agua, con el empedrado que dirige la mirada a un portón y a una escultura. “Es raro que el nombre Chantilly sea famoso por la crema y no por este lugar”, le dije a Carlota; una vez más, como sabrá el más ávido lector, lo entendí todo chueco.

En Chantilly vivió un mayordomo llamado Vatel, obsesionado con ser perfecto. Su muerte es el mejor ejemplo: suicidose porque no llegó a tiempo el pescado para una cena. Se dice que Vatel, antes de entender en esa estúpida muerte que las obsesiones no llevan a ningún lado, preparó para su patrón, el Gran Conde de Chantilly, una espesa crema, que acorde con sus obsesiones era dulce como las caminatas por sus jardines, turgente como los cisnes, etcétera. Sin querer, Vatel le quitó a Chantilly la posibilidad de ser un sitio, y lo emparentó con los Kleenex y los Kotex.

Esta explicación es convincente, pero falsa: días después de visitar Chantilly, averigüé que en realidad la crema se inventó en Italia, y que Vatel no hizo más que adaptar la receta para salir del paso. Acaso era más chueco que perfeccionista, y sus obsesiones le merecieron el olvido a algún desgraciado italiano. Acaso el mundo también ha entendido siempre todo chueco, gracias a Vatel, gracias a los mercadólogos que pueblan los pasillos de nombres extraídos de quién sabe dónde.

– Ruy

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