Ciudad chica, pueblo grande

Los irlandeses están muy orgullosos de su isla y les gusta presumirla, sobre todo a los visitantes que provienen de lugares lejanísimos y exóticos como México. Así lo comprobamos en Belfast, Dublín y Midleton; todos son muy distintos entre sí, pero en común tienen la gente cálida y entrañable; incluso, a veces, hasta demasiado cálida.

Cuando llegamos a Cork esperábamos algo similar y, en efecto, lo tuvimos: la gente nos platicaba y preguntaba de dónde veníamos, y más de una vez nos dieron la bienvenida diciendo “welcome to the real capital”; pese al característico sentido del humor que distingue a los irlandeses, esta vez, no parecían estar bromeando. Por lo que logramos entender, la gente de la zona considera que Cork es más Irlanda que Dublín, y consideran que esta ciudad debería ser la capital. O algo así.

Entre las urbes de menos de dos millones de habitantes existen dos tipos: la ciudad pequeña y el pueblo grande. Desde fuera parece obvio que Dublín es una ciudad pequeña y Cork un pueblo grande, pero los corquianos no parecen estar cómodos con eso: en sus calles encuentras letreros que dicen “End Dublin Rule in Cork”. La identidad de Cork parece construirse a partir de una serie de complejos y resentimientos sobre lo que es Dublín.

Visto como pueblo grande, Cork lo tiene todo: desde sol en una tierra de eternas nubes grises, una belleza pintoresca y ordenada cuyos visitantes tienen el placer de conocer en un fin de semana; incluso museos y restaurancitos sabrosos. Como ciudad chica, Cork no suma la complejidad gastronómica, la versatilidad de horarios ni el caos urbano que hacen de una ciudad algo tan atractivo como despreciable. Cork es un pez Koi que desperdicia su belleza soñando con ser paloma.

– Carlota

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