De las valquirias a las cervezas

Teníamos mucha hambre cuando llegamos a Munich, así que entramos al primer restaurante que nos cruzamos. Parecía el set de una película folclórica: toscas mesas de madera, focos que imitaban antorchas, barriles de cerveza adornando las esquinas y ventanitas de madera con herrería en rombos medievales (o algo así). Llegó nuestra mesera con su delantal, falda y corsé desbordando pechuga, toda una caricatura alemana, al igual que el resto de sus compañeros que usaban shorts, tirantes y calcetas. Después de una cerveza de medio litro y un pretzel pedimos lo que nos recomendaron: un codo de cerdo, polenta de hongos, papas y sauerkraut (una porción individual suficiente para alimentar a una familia completa). Un circo germano digno de un pueblo temático de Disney. Pensamos que habíamos caído en una tourist trap, pero el folclor continuó.
Hagamos una breve pausa para imaginar a Richard Wagner ebrio en fervor nacionalista componiendo la Cabalgata de las valquirias y continuemos leyendo con este sonsonete como música de fondo: “tan-tan / tata-ra-tata / tata-ra-tata / ta-rara-ta…”
Al día siguiente, caminando por las calles de la ciudad Bávara, vimos a hombres y mujeres de todas las edades ataviados en la vestimenta tradicional; en la plaza central se había dispuesto un biergarten, donde todos bebían cerveza y comían pretzels, codos de cerdo y sauerkraut. Se estaba llevando a cabo un festival en la ciudad, así que nos refugiamos de tanto folclor en el Palacio de Nymphenburg, residencia de la gran dinastía Wittelsbach.

Los reyes Bávaros son toda una estirpe de orgullo absolutista: un tal Otto trazando su linaje hasta Carlomagno, otro comprando reliquias de los huesos del mismo Juan Bautista; un tal Ludwig tapizando un cuarto con retratos de trofeos amorosos, otro patrocinando una saga de óperas nacionalistas a cargo de Wagner y mandando construir a capricho castillos que jamás serían habitados. Despilfarre, gloria y romance puramente germano.

Un siglo de horrores nos divide de estos fastuosos gobernantes alemanes y son muchas las cosas que han cambiado. No hace falta mencionar la evolución catastrófica que tuvo ese ebrio fervor nacionalista.  

Volvemos a caminar las calles de Munich y nos unimos a la boba celebración folclórica, bebemos cerveza, comemos más pretzels y codos de cerdo. Enorgullecerse de la cerveza, usar corsé o tirantes nunca han sido causa de guerra.
Hacemos una breve pausa y cambiamos el solemne “tan-tan / tata-ra-tata / tata-ra-tata / ta-rara-ta…” por un sano y simplón “yorelei, yorelei, hihu”.

– Carlota

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