Dublín

Carlota y yo nunca decimos a los extraños que conocemos por el camino que estamos viajando diez meses. Preferimos inventar que “sólo una semana”; “ya casi vamos de regreso”; “vinimos unos días a ver tal universidad”; etcétera. Más que mentiras descarriadas, sentimos que son verdades a medias que nos protegen del peligro.

En cuanto llegamos a Dublín, corrimos al Fagan’s Pub por una primera Guinness. Una parvada de viejitos acechaba la barra; en medio de ellos estaba Joe, el proverbial bartender, todo carisma, precisión quirúrgica al servir stouts, corbata negra sobre camisa ídem. Nos contó su vida: es actor (¡hizo un cameo en Vikings!), tiene un hijo de 15 años, trabaja en dos bares. Cuando nos preguntó qué hacíamos ahí, se nos hizo fácil hacer lo de siempre: “estamos de luna de miel”, dijimos, como si todo aquello no estuviera a punto de irse de bruces.

Mentiría si trato de recordar más que esto: pasamos al menos tres horas sin padecer jamás un vaso vacío. Joe nos invitó dos pints al grito de “have a very happy life”; Sean, un anciano bigotón al final de la barra, con el que nunca hablamos, nos mandó otros dos tragos: “le conmueve mucho que estén empezando su vida juntos en Irlanda”, nos dijo Joe, segundos antes de que el resto de su senil parvada viniera a felicitarnos con los cachetes ya muy colorados y alguno que otro trago a la salud de nuestra mentira, que ya no se sentía tan piadosa.

Al día siguiente despertamos tarde y con ganas sólo de un desayuno capaz de traernos de vuelta al mundo. En el camino nos cruzamos a Joe en su coche, e insistió en darnos aventón. Antes de que nos dejara en la Marsh’s Library, ponderé confesarlo todo, decirle que sus tragos gratis estaban manchados de nuestra horrible mentira. Por supuesto, no lo hice; antes de cerrar la puerta del coche, prometí visitarlo en el Fagan’s antes de irnos de Dublín. No lo hicimos.

– Ruy

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