La mudanza imaginaria

En el fondo, uno viaja para imaginar vidas distintas. Uno no va a Oaxaca para tomarse una foto en Monte Albán, sino para imaginar, por ejemplo, cómo vivían los zapotecos; uno no va a Dublín sólo a caminar por Temple Bar, sino también, y sobre todo, para imaginar a Joyce dando tumbos por las empedradas calles hace muchos libros. Esas vidas distintas a veces son lejanas en el tiempo o en el espacio, hipotéticas, incluso inverosímiles: los días de cárcel de los presos políticos en el castillo de Edimburgo; el modo de pasar las tardes de sorna en los suburbios de Cork en el futuro; el funcionamiento del estómago de los vikingos medievales, que seguro comían cosas imposibles de digerir; etcétera.

O sea: viajar es una forma de literatura.

Por tanto, a veces esos mundos imaginarios no se sienten más personales. Un ejemplo hipotético: digamos que Carlota y yo caminamos por Trinity College, sus edificios que parecen embriones de pirámides, sus enredaderas que laten, sus Wilde y sus Swift; digamos que la tarde es húmeda, de modo que nos arroja a hablar de que nos gusta dar clases y estudiar y hallar en esa cosa que se llama “aprendizaje” un género del asombro. Hipotéticamente, claro. Imaginemos que entonces se activa el artefacto literario que es viajar, y nos imaginamos ahí en pocos años, caminando en Trinity College ya no como turistas, sino como habitantes, añorando acaso el calor primario de Oaxaca. Digamos que pasaremos así un par de horas, ponderando, buscando la estructura interna de una narración en potencia. Digamos que ese día el género literario que es viajar se vuelve por primera vez una forma de indagación científica.

Acaso, aunque sea, de una de sus fases: la hipótesis.

– Ruy

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