Edimburgo

Sufro una dolencia peculiar: cuando un café y un croissant cuestan más de 6 libras me da gastritis; es por eso que decidimos salir de las avenidas principales de Edimburgo y explorar la gastronomía de sus callejones. Entramos cansados, hambrientos y algo malhumorados a un pequeño restaurante que nos pareció acogedor. Aún no lo sabíamos, pero estábamos a punto de internarnos en palacio de la melcocha. Un letrero bordado a punto de cruz con imágenes de gansos con sombreritos de paja nos dio la bienvenida. En las paredes se amontonaban tiernos recuerditos y adornos empolvados: figurines de pastorcitas con sus borregos, angelitos con ojos pispiretos, cajitas de té con diseños victorianos. Nos sentamos en unas sillas forradas de olanes y encaje, entonces llegó Christina, nuestra anfitriona: el color de su pelo recordaba al algodón de azúcar y sus gruesos lentes de aumento, que escurrían hasta la punta de su nariz, hacían que sus ojos se vieran grandes y brillantes; con sus manos de cajita en medio del pecho nos saludó en un escocés ininteligiblemente dulce. Después de un rato de platicar del clima, de los 22 años que lleva con su restaurante y de enseñarnos unas postales que le habían enviado unas clientas muy queridas, procedimos a ordenar un proper scottish breakfast (cualquiera que sea la diferencia con la versión inglesa o irlandesa). El teflón debe ser aún desconocido en el palacio de la melcocha, pues el desayuno llegó flotando en una tina de aceite sobre una vajilla con motivos florales. Quizá el aceite era necesario para echar a andar los engranes del buen humor. Para cuando pagamos la cuenta, no quedaba rastro de hosquedades ni de gastritis. Nos despedimos de Christina como si la conociéramos de siempre, nuestro corazón era un scone caliente que derramaba mermelada de naranja.

– Carlota

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