Edimburgo

Llegar a nuestro hospedaje en Edimburgo fue más penoso de lo esperado. Ya en el aeropuerto nos habíamos perdido, y los escoceses, su acento, no eran de ayuda. Vino después una caminata salvaje: media hora de extraviadas vueltas por calles dantescas, con veinte kilos a cuestas.

Cuando por fin hallamos nuestra casita, nos abrió la sonrisa tiesa de Anetta; le detallamos nuestro terrible camino. Su mueca no cambió, sino que sólo agregó un “yes, yes” que no afirmaba nada más que su amabilidad. Las voces del piso de arriba confirmaron que nos hospedábamos en casa de unos inmigrantes polacos, y que entre los cuatro (o cinco, nunca supimos cuántos eran), dominaban acaso ocho palabras de inglés.

“Qué difícil va a ser lo de la lavandería”, le dije a Carlota, y no sin razón: cuando preguntamos en muy pausado inglés por un lugar para lavar la ropa, el esposo de Anetta, enorme calvo de eterna tank top, a todas luces desempleado, dijo que podíamos lavar ahí mismo, en su casa. Pensando que no nos había entendido, repetimos la pregunta, y él su respuesta; completó: “no charge”. Al día siguiente, llevó nuestra ropa mojada a la secadora y luego a nuestro cuarto, sin darnos tiempo de reaccionar antes que él. Entregó la montaña de prendas con un “my pleasure”.

Creemos que la habitación en renta paliaba la angustia de una familia en un país extraño de idioma extraño, en el que estaban sin remedio y sin ingreso turgente. Tratamos de imaginarnos en su situación, lejos de todo. Nos reconocimos extraños frente a la idea; acaso tan extraños como ellos en su casita típica en Edimburgo, como todos, todo el tiempo, en cualquier lado.

Nos dijimos que por eso no nos quedamos en hoteles con commodities de calidad universal: porque así podemos husmear en lo irreconocible, zambullirnos al abismo que es reconocerse un otro.

Y porque sería, además, carísimo.

– Ruy

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