Edimburgo

Esta foto, querido lector, es la de un cadáver, presa de la ansiedad de quienes escriben. Era un pudding de melaza y dátil con helado de vainilla. Así se llama en la carta, pero no es su descripción justa: la temperatura, como la de una tina exacta al momento justo de tocar el agua con el pie helado, era acaso lo que primero se notaba. Luego venía el primer paladar: el bocado derretíase como mantequilla (no basta esa comparación), como cuando al despertar queda la sensación de tener lo soñado aún entre los dedos. Y el sabor: dulzor más no empalague, marcadas notas de nueces pero no de ellas la sequía; ritmo como el de las olas al atardecer se padecía al comer el pudding junto al helado. Ya las meseras de Mums, templo del coziness escocés, nos habían dicho que ese postre era su mejor platillo; se quedaron cortas. No alcanzamos siquiera a hacerle una foto antes de dejar el plato así, hecho ya un maleducado mejunje.

Y mucho nos gustaría, sin duda, presumir algo de los platos principales: una sopa de tomate (roja como la flor primera de la primavera, densa como el follaje de verano, apaciguante como la brisa otoñal) y una cacerola de salchicha (exactos trozos de embutido especiado y especialísimo, acompañado de papitas de esas que lo hacen a uno sentirse gigante y rematado, ay, con un tocino que en la academia de tocinos tiene que ser sin duda el decano). Pero, ni qué hacer, querido lector: estar lejos da tanta hambre, que no sólo podría uno comerse un cadáver, sino que va por ahí presumiéndolos como si fueran nomás un postrecito.

– Ruy

Anuncios