Edimburgo

Quizá debimos habernos dado cuenta de que todo aquello era demasiado perfecto al caminar por The Royal Mile: la luz de la tarde pegando tras la ex catedral que hoy es The Hub, delineando la silueta de una foto exacta; el gaitero acomodado casualmente en una esquina, con todo y kilt, revestido con la lechosa aura de los sonidos palmipedos de su instrumento; la horda de turistas fluyendo hacia el castillo de Edimburgo, la misma que casi siempre anuncia que estás a punto de gastar un riñón en algo realmente malo.

Y sí: 16 pounds each para entrar a ese timo que se llama castillo de Edimburgo. Vaya, es cierto que ver figurines de fibra de vidrio tamaño real representando la coronación de Robert The Bruce tiene algo de folclórico, pero hay un punto entre el quinto gaitero de cera y el tercer museo de la milicia escocesa que le hace a uno pensar que el gasto fue quizá un poquito innecesario.

De cualquier modo, no hicimos corajes: la tarde era preciosa, el castillo el de Edimburgo y no el de otro lado. Entre el aburrimiento, la frustración y las hordas, empezamos a considerar que acaso las figuras de fibra de vidrio dispuestas a lo largo del castillo nos ven a nosotros dos (y a todos los demás) como otro museo inútil: el museo del futuro de Escocia, plagado de turistas idénticos entre sí, fotografiando incluso lo que es en realidad aburrido. Quizá, nos dijimos al salir por el muy medieval y retocado portón principal, tanta turística perfección no es más que una suerte de justicia poética.

– Ruy

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