El fenómeno “Berlín”

El odio es, sin duda, uno de los sentimientos más poderosos que hay; pero éste es aún más brutal cuando se metamorfosea en culpa y se torna en contra de uno mismo. No hay tormentos como los que sufre un alma arrepentida, ni más necesidad de armonía que la de un ego dogmático que busca redimir el mal que ha hecho.

Cuando este fenómeno se da a escala masiva y la identidad de toda una cultura gira en torno a una culpa heredada, entonces sucede un fenómeno conocido como “Berlín”:

La capital alemana ha sido escenario de varios de los eventos más desgarradores del siglo XX, específicamente el nazismo y el comunismo; aunque ya han pasado más de 70 años desde que terminó la Segunda guerra mundial, cerca de 30 de que cayó en muro y ya hay una generación nueva que no ha conocido la guerra, Berlín no olvida.

La ciudad es un mórbido memorial vivo que no permite la resignación a quienes nacieron libres de culpa. Una galería de heridas frescas que surcan calientes las calles: ahí está, la cúpula de Reichstag, reconstruida en vidrio para dejar a la vista las ruinas que quedaron del edificio tras los múltiples bombardeos aéreos.

Nadie debe olvidar la destrucción deliberada de las grandes joyas monumentales.

En la Bebel platz, hay una vitrina a nivel de piso en la que se muestran los estantes que quedaron vacíos tras la quema masiva de libros que contradecían la ideología nazi.

Nadie debe olvidar que el dogmatismo se alimenta de ignorancia.

Como si fuera una cicatriz queloide, una línea pintada en el suelo surca la ciudad, indicando por dónde corría el muro que de la noche a la mañana desmembró familias y comunidades enteras, manteniendo por décadas secuestrada y amordazada a la mitad de la población.

Nadie debe olvidar que los regímenes se alimentan de la sangre de sus propios hijos.

Pero los que no hemos sido separados de los nuestros, compramos pedazos del muro como si fueran gatitos dorados que mueven la mano o bailarinas hawaianas para el tablero de un coche; a los que no nos han matado a nadie nos parece creativo hacer poses de yoga en el Memorial de las víctimas del Holocausto; quienes no hemos sufrido la guerra, reímos y nos tomamos selfis con los bufonescos soldados de Checkpoint Charly.

A lo mejor sólo quienes conocen los alcances del odio siguen luchando una guerra por mantener la paz.

– Carlota

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