El inframundo parisino

Los ritos mortuorios son cosa seria en todas las culturas, religiones y épocas. Incluso hay quienes dicen que es parte de lo que nos distingue de los animales. Bueno, claro, siempre y cuando los cadáveres no sean parte de holocaustos, genocidios, brotes de peste o situaciones en las que por razones ¿prácticas?… ¿escalofriantes?… ¿abominables?… Bueno, ya sabe usted, cualesquiera que sean las razones que lleven a la suspensión de los protocolos funerarios pertinentes.

Ya han sido tantas las ocasiones en la historia en las que se se acumulan cientos de miles de cadáveres en periodos de tiempo tan cortos que no hay ni tiempo ni espacio para enterrarlos (¡ya no digamos llorarlos!), que se ha tenido que llegar a soluciones si no extremas, al menos creativas. Imagine las calles de París tapizadas de cuerpos anónimos en proceso de descomposición, a todos los vivos liberando las fosas comunes de esqueletos para llenarlas ahora con estos nuevos cadáveres. Bueno, lo de “nuevos” es un decir, vaya: los cadáveres putrefactos y apestosos más recientes, ¡toda una catástrofe sanitaria!

En situaciones como esta, los rituales mortuorios pasan a segundo plano; pero no se preocupen, esto no nos hace más animales (no seamos injustos con las bestias), de hecho, estas situaciones dan rienda suelta a la creatividad humana, a obras de ingeniería asombrosas y soluciones nunca antes vistas.

El osario subterráneo que se mandó construir en el barrio de Les Halles en París en 1786 es vivo ejemplo de esto. Bueno, lo de vivo también es un decir, pues el osario resguarda más de seis millones de cadáveres anónimos (tres veces la población actual de la ciudad luz) en un complejísimo túnel subterráneo de 300 km (la misma distancia que hay entre París y Calais, o si le es más fácil, entre Cuernavaca y Acapulco). ¡Imagínese! 300 km de esqueletos tan bellamente dispuestos que de reojo se podría pensar que uno se encuentra caminando junto a un muro de mosaicos con rostros de cantera laboriosamente tallados, pero cuando se le ve de frente uno recuerda que se trata de 6 millones de restos humanos anónimos que probablemente fueron producto de algún holocausto, genocidio, brote de peste o cualquier razón que haya llevado a suspender los rituales funerarios pertinentes.

– Carlota

Anuncios