El lémur del turismo ñoño

Creemos que el turismo es un animal mágico que a todos hipnotiza por igual, pero eso es falso: en realidad es una suerte de arca de Noé que lleva una bacanal de animales, cada uno de los cuales seduce con distintas artes. Están el animal del ecoturismo (con regaderas de bambú en vez de cuernos y montañas en las jorobas), la ballena que carga al turismo familiar en un crucero, la jirafa desde la cual saltan en bungee los turistas de aventura, el gordo león marino que recibe en sus axilas a los que veranean en la playa. Todas parecen bestias muy felices, pero eso, me temo, tampoco es cierto siempre. ¿Ve usted a ese mínimo lémur de ojos como canicas? El que está sentado sobre una pila de libros, solitario, diríase que con ganas de saltar por la borda, es el lémur del turismo ñoño. Nada tiene que ver con el turismo cultural, ese elefante que pasea entre sitios arqueológicos y museos de colecciones inconmensurables. No: el lémur del turismo ñoño lleva a sus (pocos y medio degenerados) feligreses a lugares a donde, bueno, no hay razones reales para ir: a Ginebra sólo para ver la tumba de Borges; a un pueblecito uzbeko para ver restos de barcos que no escaparon del mar Aral; a Bristol para buscar a cierto músico callejero.

El problema del lémur no es sólo que su grey es medio dispersa, sino que no tiene una capital desde la cual llamarlos. La ballena opera en Miami, el león marino en Cancún y el elefante resopla sobre la pirámide de Louvre. Para ellos es fácil, puesto que sus seguidores tienen obsesiones compartidas: un artista, una lista de destinos must, un tono específico de tez. Pero los degenerados del lémur no: cada uno de ellos cultiva una obsesión distinta. El lémur está resignado a no congregarlos jamás.

A mí, que soy de los suyos (no por convicción, sino por falta de paciencia), me gustaría decirle que hallé una capital idónea: Amberes. Quiero decirle que hay ñoños festivales de comida, una estación de tren (¡de tren!) en la cual perderse horas en cada detalle, el mejor waffle de Bélgica (¡!). Que ahí está el museo Plantin-Moretus, dedicado a la imprenta, lleno de tipos del siglo XVIII, de globos terráqueos, de libros (¡Theatrus Orbis Terrarum!), de retratos viejitos. Me gustaría decirle que sé que esa ciudad deleitará a todos los ñoños; verlo a los enormes ojos y decirle: ha llegado nuestro momento.

Pero el lémur ya no está donde siempre. Es más: el arca no está, porque el arca no existe. Lo único que existe es el mar, y la playa donde encalló, allá lejos, que ahora bulle de gente.

– Ruy

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