El otro Disney parisino

Nunca olvidaré el rostro de mármol con el que me topé en la sala de esculturas del museo de Louvre. Y no, no me refiero ni a la Venus de Milo ni a los esclavos de Miguel Ángel, sino a la mirada de piedra con la que me vio un hombre cuando me quedé parada, con mis chanclas y mi cámara al cuello, justo entre él y la pieza que estaba dibujando.

Los parisinos son intolerantes, jetones y malmodientos; no me gusta creer en estereotipos, de hecho, considero que son altamente dañinos para todos y procuro romper con ellos en la medida de lo posible. Me encantaría decir que todo eso es falso, que los habitantes de la Ciudad Luz son alegres y amistosos, o simplemente misceláneos como en todo el mundo; pero la verdad, es que esta vez, no me dejaron más opción que confirmar esos cochinos estereotipos.

Intento entender este fenómeno conforme avanzo por las calles y museos. Veo a las hordas de turistas tomándose selfis con cara de emoticón en lugares absurdos, abarrotando los parques y espacios públicos, aletargando las colas del súper al intentar comunicarse a señas y calcular el tipo de cambio, caminando lenta y desparpajadamente en el metro mientras los locales que van con prisa al trabajo se esfuerzan por esquivarlos, erosionando los monumentos y flujo de la ciudad como un ejército de termitas. Entonces yo también me pongo de mal humor, más por ser parte del mal que por sufrirlo.

Además de mamones, los parisinos son personas que disfrutan mucho de su tiempo libre, incluso hay ciertos momentos en los que se les ve sonriendo, como cuando se recluyen en algún rincón del Jardin du Luxembourg a jugar ajedrez con un amigo, cuando toman café en alguna plaza mientras sus hijos juegan en las abarrotadas calles o cuando se olvidan del mundo y se concentran en dibujar una pieza de arte. Se les ve felices hasta que, un turista de chanclas y cámara al cuello les recuerda que su hogar y cultura se han transformado en un parque de diversiones.

– Carlota

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