El señor Pacheco: calvo, treintón y primerizo

Querido lector: si es usted sensible a emociones fuertes, abandone este texto.

Nuestro Roy (este nombre, igual que el de otros personajes, fue modificado para proteger su reputación) nunca ha sido hábil para las artes psicotrópicas. Con todo y su calva adultez, Roy apenas había probado yerba, con resultados siempre desastrosos: podría decirse que nunca había fumado marihuana realmente. Pero estaba en Ámsterdam, en un precioso día soleado, de la mano de su chapeada Carlocha; habían biencomido y el Vogelpark se extendía como alfombra verde rumbo a un show que, dicen todos, es muy divertido. De modo que sentáronse en un césped sobre el que caía una peregrina sombra y, al cobijo del primer atardecer, encendieron un aromático carrujo. A nuestro plácido Roy fueron nublándolo los cerebrales humos de la yerba que, pesados, lo pusieron en posición horizontal.

Durante lo que pareció un día (seguramente fue menos de un cuarto de hora), Roy descubrió la orilla de las hojas y los vidriosos rayos del sol. Aprendió a escuchar conversaciones a la distancia y a controlar el volumen de la música con sólo mirar su fuente. Hasta que una nube de moscos (quién sabe si real o meramente neuronal) le oscureció la vista, recordándole que estaba a punto de anochecer y había que volver a casa en la extraña, extraña Ámsterdam.

Aquí, querido lector, comienza la verdadera aventura. Por desgracia, el que esto escribe desconoce los detalles, que se perdieron con la parte quemada del disco duro de nuestro Roy. Sabemos que en el camino desde el Vogelpark hasta el hospedaje sucedieron estos episodios:

– Cada esquina se detenían a revisar el mapa hasta que, en una de ellas, por fin el mapa absorbió a Roy, volviéndolo una suerte de Mario Bros corriendo desesperado por Google Maps.

– Unos hombres, vestidos de princesas, pedían dinero en la calle para una graduación o algo así. Roy creyó que eran alucinaciones; Carlocha confirma que eran reales, pero malvibrosos.

– Con la mente sintiéndosele como una mano metida en cubeta de lentejas, nuestro Roy descubrió que todo lo que existe es una simulación; es decir, había leído de eso, pero por primera vez lo supo. Empezó a ver cómo los canales y los edificios de ladrillo rojo y la gente feliz se evaporaban como hologramas despiadados. Para evitar que Carlocha se le volviera humo, no se permitió soltarle la mano durante el resto del camino: todo se puede desprogramar, pensó Roy, pero Carlocha no. Carlocha no.

Finalmente nuestros héroes llegaron al hospedaje. Así que tranquilícese, querido lector: comieron pan con queso hasta roncar. Amanecieron riendo un poquito, con dientes muy vistosos y sin un gramo de resaca.

– Roy

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