Error 404: Vienna not found

No recuerdo nada de mi primera visita a Viena. Miento: recuerdo apenas una mañana (¿tarde?) que pasé dentro de un café; mejor dicho: recuerdo el vendaval (¿o era lluvia?) que sentenciaba a los transeúntes de afuera, sus caras como paraguas volteados. Nada más: ni el sabor del café de aquella vez, ni uno solo de los maravillosos museos y palacios que pueblan el centro de la capital austro húngara. Una justificación decente sería decir que pase allí apenas un día (¿o fueron dos?), pero sería, de nuevo, mentir: aunque hubiesen sido dos semanas o un mes, no recordaría más. Mi memoria es casi siempre al menos suficiente, pero de Viena, igual que de los nombres que empiezan con E, nada quedó en su sitio.

Ignoro los mecanismos que provocan ese olvido. Intuyo que arrancan primero las costras de las cosas, luego sus distintas dermis y al final cualquier arenoso significado que guarden sus óseos cimientos. Seguramente olvidé primero, allá en 2004, el nombre exacto de una calle, y poco a poco se fueron volando edificios, rostros, atardeceres, como vacas abordando el silencioso ojo de un tornado. Y acaso inclusive la existencia de Viena se me habría olvidado de no ser porque la visité otra vez, justo a tiempo para no verla irse volando de mi mapamundi mental.

Es naturaleza de los vientos no cesar; para que esta vez Viena no se erosione, dejo, dos meses después de estar allí, estas anotaciones con lo que todavía me queda de esa visita (acaso alguna ficción ya empiece a hacer olas en estas líneas), a modo de ancla:

– La silenciosa y larga fila fuera del hotel Sacher para probar el famoso pastel. Ponderamos esperar, pero Mael Vallejo (o un holograma de Mael Vallejo) nos convenció de ir a buscar un club de baile latino. No lo encontramos.

– Una resaca inhumana.

– Los aposentos reales, inconmensurables como una cadena de cirrus desde un avión; las doradas vajillas que los habitan mudas, las figuras de cartón de los Habsburgo, el cuarto dedicado al fallido emperador de México: cosas como el humo de algo que arde en esa maqueta que se llama suelo.

– La barra de bocadillos (su nombre se le desanudó ya) que es una máquina del tiempo; el café frente a esa barra, un strudel, un calorón bochornoso clamando aire.

– Wiener Schnitzel, lo que quiera que esas sílabas bárbaras signifiquen.

– El rostro de Egon Schiele mirándonos con ojos de tormenta.

– Un aire corriendo ligero a la puerta de un mausoleo cuya entrada era carísima: como si con ello fueran a sobornar a la muerte para evitar el olvido.

 

— Ruy

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