Esto no es un chiste de vampiros

—¡Mira Rorri! Ahí dice “Banca Transilvania”. ¿Será un banco…. ¡de sangre!?—Rorri no dijo nada, simplemente me volteó a ver de reojo, así: ¬¬, y volvió su atención al juego de las bolitas del iPad. Para ser justos, ese día inició con el clásico: “¡Tienes aliento a Nosferatu!”, y a partir de ahí arrancó una faena chística que duró hasta el atardecer en el tren que conecta Cluj-Napoca con Sibiu, un pequeño pueblo medieval en las faldas de los Cárpatos transilvanos.

Empezaba a anochecer cuando llegamos, y todo era muy transilvano, era como estar caminando en el set de alguna película de expresionismo alemán; pero me mordí la lengua, porque al viajar en pareja, pronto se aprende que lo más importante para mantener una relación sana es evitar sacar de quicio al otro. Así que cuando pasamos al gato negro que estaba junto a la torre del reloj no dije nada, tampoco lo hice cuando caminamos junto a la hongueada y tétrica iglesia en la que un ente barbón y ojeroso tocaba el didyeridú; pero cuando más fuerte apreté la mandíbula fue cuando vi la luna llena brillar gigante, ominosa, detrás de los tejados terracota que nos miraban así: ¬¬.

Quizá mi mente estaba sobreestimulada viendo cosas que en realidad no estaban ahí, quizá solo le estaba buscando colmillos a las hormigas y rastros de sombras a las paredes.

Ni siquiera lo tuve que decir yo:

—¿Estoy loco, o las ventanitas de las casas nos miran como sospechosas? Y qué pedo la luna, parece de película de terror—No dije nada, pero miré a Ruy así: =3

Reanudamos la faena vampírica mientras caminábamos por las calles empedradas desde la estación de tren hasta nuestro hospedaje acompañados sólo por nuestras mochilas, nuestras sombras largas y uno que otro perro-lobo que se nos cruzó en el camino.

Esa noche no dijimos más chistes (quizá para evitar invocar un mal augurio), pero nos dormimos bien abrazados y enroscados, como para evitar que nos jalaran las patas.

– Carlota

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