La cárcel de Kafka

Kafka odiaba Praga. La odiaba mucho antes de que la ciudad fuera nada más que una marea de viejitos con sombrero pescador. Antes de que los remedos de salchicha de la plaza de Wenceslao tuvieran el sabor del unicel mojado (antes inclusive de que la plaza fuera de Wenceslao). Ya la odiaba cuando el barrio judío no era una atracción sino un estigma: odiaba Praga antes incluso de que Praga tuviera una calle con su nombre, un café con su nombre, dos esculturas, cada una peor que la otra, ambas con su nombre y su cara: cara que, a su vez Praga siempre le odió en vida. Kafka era burgués, judío y de origen alemán, en una Checoslovaquia nacionalista, de ideales proletarios, eslava: nunca halló en ese sitio su sitio. Hasta hace 30 años, la mayoría de los checos desconocían la existencia de Kafka, que hoy es (y esto no puede dudarlo nadie) su mayor figura literaria, si no es que la mayor en todas las disciplinas artísticas ¿Cómo iban a conocerlo, si era un escritor checo que escribía en alemán? En plena época de ciego fervor nacionalista, sólo Kafka se atrevía a decir que “Praga es una madrecita que te consume poco a poco con sus garritas”. Lo hacía, además, por lo bajo: Kafka ni siquiera fue un valiente. Debe haber sido más bien antipático. Casi tanto como la Praga que sólo él veía, acaso como un vidente observa el improbable futuro.

Dicen que después de Kafka todos tenemos de algún modo su influencia, y es cierto. No sólo porque es imposible ahora pensar en un turno laboral sin desenterrar un infierno; ni siquiera porque después de Kafka la ciudad natal, cualquiera, es, diría él, un gueto de muros invisibles: cárceles de costumbres inexpugnables e idiomas que se vacían. Sabemos por Kafka que conocer estos muros que nos encierran es liberarnos de ellos, y es comprender acaso una nueva belleza, en lugares tan insospechados como la terrible Praga: el fondo de una biblioteca; la mirada turbia de un monstruo disecado; una piedra equilibrándose sobre la muerte; peldaños hacinados de cosas sucediendo todas al unísono; una ventana por la que asoman libros de Kafka, cuya portada no lleva la foto donde más odiaba a Praga.

Yo no puedo odiar a Praga, porque ella nos dio a Kafka. Quizá nos lo escupió a la cara, por la mala, para hacernos daño. Pero nos lo dio, incluso a pesar del propio Kafka.

– Ruy

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