La Ventosa, Oaxaca

“¿No les tocó algún camión volteado? Es bastante común ver camiones volteados por allá”. Respondí con naturalidad que no, y acoté sin mucha emoción que el viento sí nos tocó recio y que incluso varias veces tuve que dar un volantazo para no salir expulsado del camino, pero que todo fue “de lo más tranquilo”. Pronuncié “tranquilo” así, como si una carretera que voltea mastodontes de redilas fuera normal. Supongo que fue culpa del placebo que es siempre el tiempo: acaso contesté así para olvidar que el mero día que recorrimos la carretera, los enormes molinos que escoltan a La Ventosa se me antojaban dragones iracundos. Aquella zona, que cosecha energía eólica pero que semeja un bosque de garras giratorias, parece no admitir que se mueva otra cosa que no sean las ráfagas repentinas; la única defensa es aferrarse al volante como al borde de un acantilado. Pasamos cerca de dos horas en aquel serpenteo dispuesto por un demonio con catarro, Carlota tratando de hacer una buena foto (igual de inasible: el viento se llevaba con su enjundia el foco de la lente), yo tratando de no estamparnos, pensando en cómo narraría aquella aventura: ¡Nos deslizamos por el caudal resoplante! ¡Escapamos de la pesadilla de bufidos coléricos! Pero el tiempo fue una ráfaga más intensa: no pude sentir el orgullo bobo de sobrevivir una carretera en la que los camiones se voltean como tortugas tontas; pude sólo asentir, estar de acuerdo: tras el tamiz del olvido, a veces sólo sobrevive la indiferencia.

– Ruy

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