Los Altos de Chiapas

“Ese botón prende las luces. Mire, apachúrrele”. La manita se mete por la ventanilla, queriendo demostrarlo. Desde afuera, sus dos ojitos nos vigilan. Miran nuestros rostros sudados, y luego otean el interior acre del auto, buscando cosas. “¿Me regala un chicle?”, preguntan; “ya no tenemos”, contestamos, sin mentir. No pudimos parar en una tienda antes de salir de Palenque rumbo a San Cristóbal de las Casas: quisimos evadir los bloqueos por el gasolinazo que sorprendió al país como barranco escarpado a finales de 2016. Tuvimos éxito, al principio. Transitamos dos horas por ese sendero suicida que el gobierno de Chiapas denomina “carretera”, pero no fue fácil: después de curvas obscenas, aparecían niños de 5 años a la mitad del camino, o cuerdas repentinas con las que dos mujeres nos detenían para vendernos elotes tatemados. O, mejor dicho: para sobrevivir. Algo así pasó al llegar a Chilón, poco antes de Ocosingo: la gente nos detuvo con una barricada. ¿El gasolinazo? No: el secuestro de dos coterráneos. Pasamos dos horas en el coche, no por las decisiones presidenciales, allá lejos, sino por una tragedia local, común. La manita, que como muchas otras se detuvieron junto a nosotros para vender algo o pedir un peso, vuelve a entrar por donde también entra el sol que tatema. Lleva hora y media demostrándonos que conoce nuestro auto y sus botones, queriendo apachurrarlos como para decirnos que no, no parece existir un interruptor que arregle para ellos el camino, cualquier camino.

– Ruy

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