Nunca subas a un bus nocturno

El que tuvimos de Cork a Bath fue el peor viaje en camión de la historia. No exagero: nunca hubo una odisea tan desafortunada. Abordamos en Cork a las 4 de la tarde de un lunes (¡un lunes!); pasamos una tarde de verdes paisajes y aladrilladas casitas de campo, como eglógico preludio del infierno. Conscientes de que pasaríamos la noche en el camino, tratamos de dormir incluso antes del ocaso; fue imposible: carreteras intempestivas, conversaciones animadas en el asiento de atrás, etcétera. A las 9 pm abordamos un ferry; nos bajaron para pasar larga vela en una suerte de casino sobre las olas. Para cuando tocamos tierra, a la 1 de la mañana, supimos que no tendríamos suficiente sueño, y temimos lo peor.

En realidad no teníamos idea. Llegamos a Bath con la primera luz, y salimos de la estación con la mirada fija en el café de enfrente, donde nos quedamos hasta que nos pareció decente hacerlo; bebimos espressos, comimos, nos dimos cachetadas, pero nada de eso salva una noche sin pegar pestaña. Caminamos por las onduladas calles de Bath rumbo al hospedaje, con sendos 15 kilos a las espaldas, mirando siempre el suelo. Dormimos dos horas y luego salimos, lampareados y guangos, como párpados húmedos.

En esa primera caminata en Bath acaso intuimos su belleza: su trazo romano y sus edificios georgianos, sus empedrados y grullas. Pero lo vimos todo como detrás del velo que nos imponía el sueño. Repetimos muchas veces lo hermoso que nos parecía todo así, de primera vista, pero aún tardamos varias horas en entender lo que veíamos; será acaso que la belleza nunca es objetiva, y que uno debe estar despierto de verdad para poder apreciarla.

– Ruy

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