Palenque, Chiapas

La primera vez que visitamos Palenque fue hace seis años: llegamos en una camionetita llena de turistas viejos, tras madrugar en el hotel de San Cristóbal de las Casas para poder cumplir con el itinerario del tour que contratamos. Entramos por la puerta principal, y un guía que hablaba mucho de la cultura maya sin saber realmente demasiado nos llevó directo a la tumba de Pakal, que estaba recién cerrada y era, por tanto, una suerte de luto. Los tres tendetes junto a las ruinas vendían claramente souvenires. Deambulamos con prisa, porque había que volver a buena hora a Sancris, y esas eran al menos cinco horas de camino. Nos impactó todo: los escalones tan conservados, los frescos aún vivos, el sitio arqueológico que todavía parecía una ciudad en pie.

Esta vez no fuimos en tour. Entramos por la salida, sin querer; tuvimos que escalar peldaños del tamaño de una pierna. Alcanzamos las ruinas de modo que Pakal estaba esta vez detrás de los edificios menores, pero de su tumba ya ni siquiera se hablaba; los tendetes junto a las construcciones eran decenas, y casi todos trataban de vender reliquias genuinas, sin engañar realmente a nadie. Caminamos con toda calma, y hallamos que, visto desde ese otro lado, no recordábamos realmente nada de Palenque. Era como si el lugar construido en la memoria fuera por completo distinto del que visitábamos esa segunda vez. De modo que nos impactó todo: los escalones tan conservados, los frescos aún vivos, el sitio arqueológico que todavía parecía una ciudad en pie.

Fue como si hubieran construido un nuevo Palenque para nuestra segunda vista, o como si la memoria fuera en realidad un mito que oculta andamios, obras grises a las que les vemos cara de otra cosa.

– Ruy

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