Perdón, Bratislava

Seguro nos perdimos de todo lo bueno. Seguro si hubiésemos salido dos kilómetros de la ciudad, habríamos llegado a los maravillosos Cárpatos menores; podríamos haber ido al medieval castillo de Devin que tanto gusta. Seguro no dimos con el bar correcto; seguro, al pasar junto al sitio preciso que cambiaría nuestras vidas para siempre, al pasar justo al lado de esa esquina del centro, volteamos al otro lado. Se nos perdió sin duda la Hlavné Námestie; seguro fallamos al mirar el reconstruido castillo de la colina. Seguro algo en Bratislava es encantador e inolvidable. Para nosotros, acaso la ciudad entre en esa categoría por una razón y una sola: en ella sólo encontramos memorable una menuda escultura brotando de una alcantarilla; la cantidad injustificada de tiendas de juguetes sexuales; la inexorable estación de autobuses, o el cuchitril al que se le atribuye por default esa función. Nada más.

Así que este texto es en realidad una súplica: discúlpanos, Bratislava. No supimos verte. Quizá la próxima vez que te visitemos pese, más que el muro gris donde te pusiste un forzado rostro de Mozart, el café sabroso que te conocimos por casualidad, casi con reproche. Quizá esta vez te vimos cansados, quizá fue una mala temporada; sin duda tus grietas guardan, como todas las grietas, invaluables tesoros. Perdónanos de verdad, Bratislava, porque lo intentamos, pero no pudimos encontrarte. No eres tú, somos nosotros; supongo que eso es, más o menos, una razón para algún día volver a verte; que quede claro: más o menos.

– Ruy

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