Reikiavik

Mito número 1: Islandia es carísimo. Confirmado. No sólo porque con la króna todo lleva muchos, muchos ceros, y por tanto la sensación es que uno siempre gasta mucho, sino porque de verdad las cosas son caras. Una cerveza cuesta lo que en México pagaría diez. De modo que comer se volvió una aventura desde el principio: evadir restaurantes e ir al súper a comprar yogurt, pan, jamón, espinaca, lechitas de chocolate. Ser viajeros de verdad, pues.

Nos permitimos únicamente dos lujos. El primero nos lleva al mito número 2: los hotdogs en Reikiavik son buenísimos. Confirmado. Los del puesto Baejarnis Betzu son acaso la única comida que puede pagar un asalariado normal, primero, y además llevan cebollita dorada como base y tres salsas bastante buenas. El segundo lujo nos lleva al mito número 3: la comida tradicional del norte de Europa consiste básicamente en asquerosas preparaciones de pescado. Este mito se confirma en la mitad del pescado, pero se derrumba en la parte de lo asqueroso. Al menos en el Café Loki el puré de pescado gratinado y la trucha ahumada estaban bastante decentes; incluso valieron su precio, si se cuenta la costra de queso del primero y la calefacción del lugar y el helado de pan de centeno en el postre.

Confieso, sin embargo, que fui cobarde cuando Carlota probó el tiburón fermentado. Yo iba a probarlo también, lo juro; fue sólo que, cuando le pregunté a qué sabía, su respuesta fue un gesto apretado y esta frase: “a mal aliento”. Con ese conocimiento empírico, hay mitos que no estoy dispuesto a desmentir.

– Ruy

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