San Cristóbal de las Casas, Chiapas

Los diamantes son pastillas de odio, avaricia y carbón. Ruy me conoce bien, así que me pidió matrimonio con una pieza de ámbar. Cuando visitamos San Cristóbal, nos topamos caminando por las calles con la edificación colonial que en la década de los noventa pasó de ser una cárcel a ser el Museo del Ámbar; así que en una suerte de ritual que sólo los cursis entienden, decidimos entrar. Reaprendimos lo que ya sabíamos: que el verdadero ámbar existe sólo en unos pocos rincones del mundo, que hay varias tonalidades, que hace alguna eras geológicas fue la resina que supuró un árbol, que en su escurrir atrapó insectos, plantas y demás partículas. Vimos el retrato intacto de especies de bichos olvidados. Fósiles exasperados envueltos en las burbujas de una lucha estéril. Fantasmas extintos que alguna vez encarnaron el Universo entero.

Hoy, millones de años después, la momia petrificada de un insecto del Mioceno cuelga encarcelada de mi cuello como talismán de amor y símbolo de la vida compartida, recordándome que si el ámbar del tiempo me va a atrapar en su pegajosa resina, más me vale zumbar y aletear bien fuerte; que se registren las burbujas de mi aliento.

– Carlota

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