San Cristóbal de las Casas, Chiapas

“El que sea, pero que tenga baño propio”, le dije a Ruy mientras hacía la reservación. Si el escusado va a estar vomitado, que al menos sea por nosotros; no tengo ánimos de compartir mi espacio con cachorros ebrios. Llegamos al hostal y todo es muy adolescente: las paredes están decoradas con parafernalia yogui, en nuestro cuarto apenas cabe una cama y el baño es una pedacería disfuncional, pero en la pared hay una flor de loto con la leyenda “AMEN, así, sin acento”. Pensamos que quizá nos sintamos fuera de lugar entre los chavitos que suelen optar por este tipo de alojamientos, pero al bajar nos damos cuenta de que estamos atrapados en una máquina del tiempo que se descompuso en el dos mil: en la cocina un grupo de amigas divorciadas discuten qué harán el día siguiente mientras un señor solitario las ronda como en busca de compañía; en el área común unos chavo-rucos fuman shisha mientras escuchan a Alanis Morissette y un par de jóvenes de verdad se esconden debajo de sus audífonos, probablemente intentando bloquear “Ironic” con Bachatrance, Reggaelectric, Vallehouse o cualquiera de esos géneros de Radio Disney. Por la noche llevamos una botella de pox al hostal con la intención de compartirla, pero todos tienen que dormir temprano. En sintonía con ellos, subimos a ver Los Simpson, hay que estar frescos por la mañana, ya no estamos en edad de amanecer crudos. Nos levantamos temprano y nos despedimos desde el balcón de ese San Cristóbal de nuestra fantasía juvenil. No lo extrañamos nada.

– Carlota

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