Skaftafell

Lo dudábamos muchísimo: caminar por el glaciar de Skaftafell parecía tan caro. Además, bichos de Gran Ciudad, asumimos que bastaría con verlo de lejos, hacerle dos fotos, y listo: llenar esa casilla en las cosas que uno tiene que hacer en la vida, poblar ese barrio del universo de lo necesario. Incluso cuando, ya decididos, llegamos a la cabaña donde habrían de ajuarearnos con picos para los pies y picas para sostenernos en el suelo resbaladizo, nos sentimos ridículos: otros turistas llevaban prácticos pantalones y botas para nieve; nosotros íbamos en jeans y tenis. En aquel mundo de cumbres blancas, éramos como niños ferales tratando de cruzar una avenida.

Ya sobre el glaciar aprendimos que aquel valle de hielo es más bien un río de nieve comprimida que fluye unos tres metros al día; que ha provocado caudales con las fuerza del Amazonas y el Nilo combinados; que la ceniza volcánica y el hielo, tan aparentemente opuestos, tienen una relación simbiótica que les permite, a ambos, perpetuarse. Mientras, íbamos resbalando, dando trompicones, cuidándonos de no caer en grietas heladas; aprendimos a usar los picos y las picas; vimos que el hielo es de verdad azul, como piedra preciosa o como charco de aceite, y que allá en el horizonte, donde el cielo se confunde con la nieve, ocurre todo el tiempo una avalancha lenta como el tráfico de un viernes de quincena.

Volvimos empapados y helados, apestando a fierro oxidado y a sudor frío; manejamos hasta Reikiavik, y no dijimos mucho. No sé si alguno pensó en las fotos que habíamos tomado.

– Ruy

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