Un caleidoscopio alienígena

Tiene que haber sido obra de los alienígenas, tanta belleza y perfección no puede ser producto de pedestres mortales, mucho menos de los semi cavernícolas pustulentos y sebosos que habitaron París durante el medievo.

Ya había visto algunas fotos, pero cuando entré a la Sainte Chapelle se me salieron las lágrimas, pensé que quizá estaba muy sensible ese día, pero volteé a ver a Ruy y literalmente traía la mandíbula en las rodillas. Ya sé: qué pinche cursi. La verdad, es que no suelo romancear demasiado con las cosas, pero en cuanto salí de las oscuras y confinadas escaleras que te llevan hacia la capilla principal no pude más que deslumbrarme. Si el cielo existe, debe ser como estar bañado en las luces de un caleidoscopio; y no, no me refiero a ese cielo mugroso al que subimos en los elevadores de algún moderno rascacielos en Las Vegas, ni a esas luces que nos ponen al borde de un ataque epiléptico en sus antros. Acá en el siglo XXI la arquitectura tiene un objetivo funcionalista ya no está enfocada a hacernos creer en una fuerza más grande y poderosa que nosotros mismos.

Si hubiera sido una parisina del siglo XIII, viviendo en una pequeña choza ubicada en una cochina calle parchada con heces y comida putrefacta, que jamás ha visto nada similar en ninguna foto, seguramente, fuera de sólo soltar unas lágrimas, habría entrado en éxtasis religioso y me habría convertido en una febril creyente del poder y la gloria de Dios. Una creación así sólo puede ser producto de una fuerza superior; pero ¿cómo explicar tanto esplendor a una civilización en la que Dios ha muerto?

Bueno, es evidente: la Sainte Chapelle fue creada por una civilización alienígena.

– Carlota

Anuncios