Un monchis existencialista

En estos tiempos, una versión de la paz es saber que no es uno el que debe elegir entre varias opciones; una paz cobarde, si se quiere, pero una paz al fin y al cabo. Acaso por ello una de las formas más puras de la plenitud es la comida callejera: uno puede ir de puesto en puesto pidiendo porciones mínimas, para probar así de todo; en el peor de los casos, si uno opta un plato en toda forma y luego se arrepiente, podrá dar una caminata sin alejarse mucho, y volver con energía renovada a des-elegir y empezar de nuevo. A los existencialistas les parecía que la renuncia es el lastre que acompaña a la libertad; claramente nunca balancearon de un lado un elote con todo y del otro un hot cake con forma de Piolín.

Será porque París no es, al menos en este siglo, una ejemplar miscelánea de manjares callejeros. Vaya, croissants hay en cada esquina, pero se llega al punto en que la mantequilla no justifica la banqueta; hace falta, qué sé yo, otra forma de grasa, otra seducción al olfato. Una afortunada excepción es una cuadra de la Rue des Rosiers, que acapara tres candidatos para la gula: La Droguerie du Marais, L’As du Falafel y Miznon.

En La Droguerie, un alegre parisino (lo cual ya es una sorpresa) traza la masa sobre la plancha, avienta el queso rallado, recomienda, incluso intenta sin tanta impaciencia el inglés; por algo así como cinco euros, uno puede zamparle mordida a uno de esos conos que llevan en la cresta la imagen idealizada de la Ciudad Luz.

L’As du Falafel se deja crecer largas colas; a cambio, ofrece un pan pita relleno de cosas (¿qué cosas? Falafel, shawarma, ensalada mixta, salsas, la sensación de que uno hace un largo viaje hasta el otro Mediterráneo para probar comida de verdad), un pan pita del tamaño de un hijo de Saturno que lo hace a uno sentirse como un dios.

Miznon es bicho de un planeta raro: hace también pitas rellenas, pero éstas van de boeuf bourgignon; la evidencia de que la comida tradicional francesa bien puede bajar tres escalones de su rígido pedestal y no lograr con ello más que una nueva gloria. Carne bien cocida, bien mechada, en esa salsa que tiene memorias de vino tinto y caldo grueso de res; salsa de yogurt de Levante y ratatouille para acompañar: acaso la definición de este platillo aparezca junto a la palabra “París” en el futuro, allá cuando el mundo deje de verse a sí mismo como un éxodo.

No diré que todo esto sucedió en un día, por supuesto: eso sería fraude, y como esto no es una elección, presumo que no hay necesidad. Lo importante es que podría suceder; quizá llegará el día en que pueda caminar de una esquina a otra en una tarde pausada, y probar estos tres manjares en un mismo recorrido: llamarle a esa tarde eternidad y permitirme, entonces sí, toda la cobarde cursilería del mundo.

– Ruy

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