Vatnajökull

El día amaneció a medias: el cielo acero y la lluvia terca de lo que en Islandia se conoce como “primavera” (y que en cualquier otro sitio se definiría como “condiciones no aptas para la vida”) no se iban; un paso fuera del hotel significaba ráfagas que podrían levantar a un islandés (ni qué decir de nosotros, que juntos no alcanzamos ni el peso de un suéter islandés). Nuestro primer día de viaje en forma, luego de tres jornadas de aeropuertos, husos y carreteras, era una nube bronca que tapaba con baba gris los paisajes inagotables de Vatnajökull.

Carlota, que le cede al clima mucho menos humor que yo, pidió consejos al mastodonte que gerenciaba el hotel, y volvió con ojos como platos y una opción aterradora: ir a una alberca termal. “¿Con este clima?”, pregunté; “dice que no hay nada mejor para este clima”, contestó.

Desde el auto vimos esto: cuatro jacuzzis humeantes bajo la llovizna, cada uno con felicísimas personitas; una reja a medias y un bote que decía: “500 IKS per person. Pay here”. Y ya. Nadie custodiando. Apenas un cuartito que servía de vestidor. Y la nube ceñida. Dudamos en bajar; pensamos volver al hotel, hacernos un café, ver la primavera indomable ocurriendo afuera.

Pero Islandia; el primer día. Corrimos en traje de baño y con 500 IKS cada uno. Saltamos al más humeante jacuzzi, y tres minutos después ya no sentíamos frío. La llovizna helada era ahora refrescante, y el día a medias empezó a llenarse de un tono de gris inusitadamente bello.

Media hora después, era tal el clima, la primavera, Islandia, que un breve mareo nos anunció que ahora sí: el viaje había comenzado.

– Ruy

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