Vik

La bruma es terrible, los dioses parecen haberla diseñado específicamente para desorientarnos, crear incertidumbre y pánico. No hay duda: aquello que se divisa en el horizonte detrás de la espesa neblina es una garra que brota desde las entrañas del hirviente suelo islandés. Probablemente sea la instalación artística de algún dios vikingo o tal vez sólo sea un chiste que Loki sacó en alguna borrachera para asustar al supersticioso pueblo; pero una forma tan específica y adecuada no puede ser casual: justo donde se unen el mar y la tierra brotan del agua unos afilados montículos de piedra volcánica, el oleaje de la helada playa de arena negra de Vik revienta con fuerza y estruendo contra sus paredes. Parece ser un signo de advertencia primitivo que anuncia: “¡Lárguense de aquí! o sean bienvenidos a morir”.

Islandia está formado básicamente por enormes bloques de hielos perpetuos que, a la menor provocación y sin recato alguno, eructan lava, provocando constantes deslaves de agua: el amor entre el fuego y el hielo resulta en itinerantes ríos caudalosos que suman la fuerza del Nilo y el Amazonas arrasando en su carrera con todo intento de flora o fauna. Imagino el primer barco vikingo en llegar al puerto de Vik, imagino el momento en que la bruma reveló esas afiladas garras como un presagio fatal, sólo el aguerrido pueblo de Odín se atrevería a poner a prueba su ferocidad, domar sus suelos y montar sus hielos.

– Carlota

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