Wow! What a ride!

Hunter S. Thompson es demasiado para mí: su intensidad y estridencia me marean casi como un torito mecánico después de comer nachos con carne. Pero he de admitir que sus ebrias palabras a veces destilan sorbos de sabiduría. Iba caminando por las calles de Budapest cuando una de sus frases más trilladas me golpeó: “Life should not be a journey to the grave with the intention of arriving safely in a pretty and well preserved body, but rather to skid in broadside in a cloud of smoke, thoroughly used up, totally worn out, and loudly proclaiming ‘Wow! What a ride!’”.

No deja de parecerme curioso que esta frase se me haya aparecido justamente en Budapest. La capital húngara es la hija renegada de los emperadores más mamones de Europa. Es la hermana pequeña de Viena: la primogénita, la bonita, la que todos quieren como esposa, la que nunca dice groserías, la que no chupa agusto porque engorda, la que no come rico porque se ensucia, la que anda tiesa para evitar arrugar su vestido, la que nunca baila más que vals, nunca ríe a carcajadas y jamás pierde el estilo. Viena es sin duda la hija favorita de la familia Habsburgo. Por otro lado, nadie tiene expectativas sobre la pequeña Budapest, la niña de facciones toscas y belleza rara que siempre tiene la boca manchada de chocolate, la ropa salpicada de paprika y el pelo enmarañado, la que creció rebelándose y revolcando sus vestidos de seda y encaje en el lodo, la imprudente que ríe y maldice cuando hay visitas importantes sacando a relucir sus raíces mongolas.

Cuando sus padres murieron, las hermanas fueron separadas, quedando a cargo de padrastros terribles. Ambas fueron resilentes y pasaron el trago amargo. Hoy mantienen una buena relación a pesar de sus diferencias: Viena ha aprendido de los errores de sus padres; sin embargo, sigue aferrada a la época en que era la niña más bonita de la corte y vive añorando el glamour imperial; por su parte, Budapest, es más libre que nunca. Hoy los hongos reptan silenciosos por las paredes descuidadas de sus edificios, mientras las cornisas, frisos y rosetones se desmoronan sobre las alguna vez gloriosas fachadas que esconden su viejo rostro de alcurnia. La gente vive a sus anchas dentro de sus edificios, disfrutan de sus calles cubiertas de cascos de cerveza y alargan la fiesta hasta horas que nadie tacha de imprudentes y los que visitan sus baños turcos se relajan sin preocuparse por meter la panza. La belleza rara de Budapest está en las arrugas y costras de sus fachadas nouveau, donde los calzones y calcetines ondean orgullosos gritando a los cuatro vientos: “Wow! What a ride! Wow! What a ride!”.

– Carlota

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